Querer vivir es anhelar la carne,
donde se vive y por la que se muere.
Se busca oscuramente sin saberlo
un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.
Pedro Salinas
I
Es preciso
mandó el oráculo del dios arcanamente
buscarse
—consta en Delfos.
Pero, ¿por dónde?
¿Ha de ser por donde el cielo aguarda cargado de presagios
o por el mar, repleto de húmedos misterios;
en los artificios que construyó, para decepcionarse,
la hábil mano del hombre
o en la Historia, madre de mil dolores?
¿Por las letras de los sabios, acaso,
por su fracasos y sus recuentos,
sus vidas, pobladas de tristura, de atraso
o adelantamiento,
de tiempo cargado de tiempo?
¿O será mejor andarse entre los santos,
sus confrontaciones contra el Cielo,
o en los Salmos
y sus sufrimientos?
Entre los escombros de lo que Dios
no salvó, busqué, buscándome,
por ver si me hallaba
entre la contrición de uno que murió ahorcado
y colocó el nudo al cuello con su propia mano,
desesperado.
Ése ladrón de sí era yo mismo
hasta que vine a buscarme en otro lado:
¡Por el cuerpo, por el cuerpo!
Antes de la metáfora, del metro,
en la literalidad de la piel
para luego andar tan cerca
como el tacto reflexivo del espejo:
desde el centro, certeramente, ser,
por tener el corazón en el cuero.
Pero no bastó el intento, aún poco táctil
aunque inaudito,
todavía artilugio especulado
y hubo que ser más carnal,
cavar más adentro.
Es preciso, descubrí entonces, habitar íntimamente
un cuerpo, un cuerpo.
Buscarse el nombre por la carne.
Habitarse. Desde afuera.
Comenzar por el final, por la piel
e irse buscando dentro.
Tener un cuerpo es mandamiento irrenunciable
y, más que tenerlo, de plano,
serlo. Del todo, de una vez, ¡ser carne, cuerpo!
Mirarse el nombre al ver el espejo.
Hacerse carne para serse, ahora sí,
reconciliado. Reconocerse de las formas:
¡el alma es cuerpo!
Sin maniqueísmos, huyendo de la abstracción espirituosa
de la neurótica divisa de Occidente: no ser sí mismo,
deshabitarse hasta poblarse de automóviles,
angustiarse en otros sitios que no son propios,
neutros, especulaciones.
Empezar a buscarse por afuera, es preciso,
¡y descubrir estar adentro!
No dudar, no estar disociado.
Ser hasta el pelo,
las uñas,
el aliento.
No mirarse afuera, en busca de uno:
en el cielo o la computadora, sino aquí,
en el centro.
¡Ser la mano, cada falange, el dedo!
II
Ser uno con el cuerpo, serse dentro…
para hallarse solo, incompleto.
Ser el cuerpo que se es
¡y encontrarlo desierto!
Volver a buscar por el tacto,
más dentro, afuera,
en lo Abierto.
Buscarse el cuerpo, no cejar, seguir
buscando: ¡construirlo, es preciso
para tenerlo! para entrar en él
desde su reflejo.
Completarlo en el ocaso del tacto
confundido en otro tacto de otro
cuerpo ¡que es el mismo, aún más nuestro!
Que las tumbas esperen: el maridaje,
por fin, completo de la carne amada
en fulgurante transfiguración.
Porque el amor irradia sólo entre
dos cuerpos, en el cuerpo, ya, del alma
y nos habita el dios que tomó carne
para restaurarla.
Ya divina, la muerte replica donde
la rompe, en el alma del cuerpo
que ya es cuerpo del alma.
III
Pero todo ésto no basta.
Los amantes lo saben,
ellos que tan cercanos uno al otro
se miran asombrados en lo Abierto.
Porque el milagro es un instante
que prefigura otra no-muerte,
ahora sí, definitiva,
donde el ataúd no nos vence.
Es preciso ser el propio cuerpo
al punto
de poder morir para enterarse
del desgarre que nos rompe
al parto último y cierto,
para encontrar, del otro lado,
al fin el cuerpo
restaurado,
el propio, regalado y nuestro,
ya
para siempre.