A Salinger. Descanse en paz. Y a mis hermanos, que son como los niños Glass.
Cuando anoche sanó el teléfono me estaba lavando los dientes, después de quitarme los lentes de contacto. Era P . Le pedí que esperara unos segundos, mientras saboreaba la pasta de dientes. Hierbabuena. Tarareé una canción mientras lo retenía en la línea. Eso provocó su risa. “Qué escena tan salingeresca”, me dijo. No escuché bien: estaba escupiendo. “¿Qué?” “Que escena tan salingeresca, tú lavándote los dientes”. Inmediatamente vino a mi memoria la escena en que Zooey se rasura, sin ver el espejo, frente a su madre que, sentada en la taza del baño, fuma y lo riñe.
Esta tarde se confirmó la muerte de J.D. Salinger. Me lo dijo Memo. Vía SMS. Yo estaba esperando a P, en el Capicúa. Sentí como si cayera por mi estómago una moneda de plomo. No sé cómo se sienta una moneda de plomo en el estómago, si quieren que sea del todo honesto. Pero me pareció que eso describía bien el frío y la pesantez que me recorrió al recibir la noticia. Me sumergí en una profunda depresión. Confundido y triste, le escribí a algunos amigos un correo donde les comunicaba la noticia y odié secretamente a la gente que, en la placita, conversaba como si fuera feliz y bebía café de plástico. Me hirió particularmente la sonrisa de una mujer como de mi edad, bastante guapa, a la que había estado mirando con algo de descaro (no sé disimular) sin que ella lo advirtiera. Toda belleza me duele. Me sentí profundamente solo. Como un adolescente al que hubieran echado de la escuela, caminando hacia la salida de una estación de metro en Nueva York con la nariz sanguinolienta.
Tuve el impulso de dejar el café en ese preciso momento, pero me puse a escribir en lugar de eso. Quería estar solo, sentirme solo, saborear la tristeza que me abordó al asalto sin advertirlo yo y que, para entonces, ya había tomado mi nave y dirigía el rumbo de mi afectividad. Decidí embriagarme seriamente por la tarde y después, ebrio, leer The Catcher in the Rye. Me lo devolvió Rafa la semana pasada, nada menos, y platicamos un rato antes de que se durmiera sobre qué le había parecido el libro. Eso haría: me embriagaría. Pero si quieren saber la verdad, ya no tenía ni un peso. En serio. En mi casa, sobre la repisa donde guardo las copas había, sí, una botella de vino tinto. Siglo 2005. Pero nunca me he embriagado bebiendo vino. Y, en todo caso, una botella no bastaría. Además, la ocasión ameritaba un güisqui caro, aprobado por la reina de Inglaterra, y todo. Pensé en llamarle a José María para pedirle que me prestara dinero. Muchas veces lo ha hecho, a fin de mes. Les confieso que soy un manirroto. No sé guardar el dinero. Siempre lo gasto. El otro día, hace unos quince días, por ejemplo, caminando por Masaryk me abordó un señor. No se trataba de un mendigo, como los hay mucho ahí. Como el domingo, que comí en Polanco con mi hermano, José Pablo. El que estudia cine. Yo estaba, sé bien por qué pero no lo diré aquí, tristísimo después de ver solo una película que me pareció francamente mala. Durante la comida pasaron unos seis o siete mendigos. Pero el señor de esa noche no era un mendigo. Se veía a leguas. No era rico, tampoco, eso estaba claro. Pero mendigo no era.
-Buenas noches, joven. Discúlpeme que lo moleste. Mire, yo soy ingeniero civil –me dijo. Después añadió su dirección: vivía en Echegaray y aunque dijo el número de la casa y la calle, ya no lo recuerdo-. Vengo saliendo de San Ignacio. Estuve ahí toda la tarde, rezando. Mi esposa está enferma de… -tampoco recuerdo qué padecía, aunque ahora que lo escribo me siento culpable de no recordarlo. En cuanto lo dijo se soltó a llorar-. Mientras yo estaba en la iglesia, a mi esposa le practicaban una endoscopía. Ahí está ella ahora, esperándome. El doctor aceptó practicársela mientras yo buscaba cómo pagarla. Se me puso muy mala anoche, caballero –su llanto ya era más bien franco, aunque muy avergonzado: se limpiaba las lágrimas e intentaba retenerlas con lo que quedaba a su orgullo de hombre trabajador orillado a pedir dinero, de viejo-. Me hicieron un descuento por la credencial del INSEN. Pero, con todo, el estudio cuesta dos mil ochocientos pesos y yo sólo tenía dos mil doscientos… Perdón –y se volteó un poco, viril, intentando inútilmente ocultar las lágrimas-. No tengo más dinero, ya no.
Saqué la cartera, adelantándome para no hacerle pasar la pena de pedirme dinero, y me conmovió aún más ver su gesto de vergüenza mientras lo hacía. Después de darle todo el dinero que tenía en la cartera, el que me quedaba para el resto del mes que, por cierto, era tan poco que no alcanzó a cubrir la deuda de ese buen hombre, me pidió mi dirección para pagármelo, una cita para hacerlo, mi cuenta en el banco. Entonces me sentí más avergonzado yo. Profundamente conmovido, me dijo que rezaría por mí, al negarme a aceptar que me pagara. Me sentí, ¿cómo se dice cuando quieres hacer algo y no puedes?, ¡ah!, impotente. Me sentí impotente porque ni siquiera podía ayudarlo como él necesitaba. Pensé en llevarlo al banco más cercano y sacar dinero del cajero. Me alegro de no haberlo hecho en un arranque, porque de inmediato recordé que mi cuenta tenía no más de veinte pesos. Ahora que lo escribo me siento culpable de haberle dado no lo que necesitaba sino lo que yo tenía. Y no me refiero al dinero. El viejo necesitaba un abrazo, llorar, un hombro para hacerlo. Compartir el secreto de la cofraternidad humana, la piedad que tenemos entre nosotros los hombres, que tanto sufrimos. Pero en vez de abrazarlo, aturdido, seguí caminando por Masaryk hacia el Biko, donde cenaría a costa de la generosidad de mis amigos Pablo y Anabel.
El asunto es que soy manirroto. Recordé lo que me contó Pablo sobre el día que murió Kurt Kobain. Estaba tan triste que esa noche se gastó hasta su último dólar en bebidas para todo el bar, en Nueva York. Me hubiera encantado meterme a una cantina donde hubiera un montón de gente destrozada por la vida y contarles las historias que contaba Salinger. Y bebernos juntos todo el tequila del bar, aunque deteste el tequila. Pero no tenía dinero. De verdad. Mis últimos cinco pesos se habían ido en pagar el metrobús para llegar a mi cita. Y tenía que trabajar esa tarde. Creo que pocas veces he querido trabajar tan poco como ese día. Al menos estaría con Pablo y Alonso llegaría al café. Estaría con mis amigos. En eso estaba cuando me llamó mi amigo Salvador por teléfono. Quería ofrecerme un trabajo eventual, un freelance. Sabe, porque todos mis amigos lo saben, que con frecuencia no me pagan a tiempo y soy un pésimo ahorrador. A finales de mes siempre estoy sufriendo porque no tengo dinero y soy demasiado orgulloso para pedirle a mis amigos –aunque lo hago con más frecuencia de la que quisiera-. Escribí el teléfono del sujeto al que tenía que llamarle para ponerme a sus órdenes agradeciéndole a Salvador ayudarme pero detestando tener que ocuparme de preocuparme por comer el día de la muerte de Salinger.
Aunque me hubiera encantado embriagarme por la tarde, el dáimon de la sobriedad me hostigó y no conseguía embrutecerme, dejar que el alcohol, somnífero de la autoconciencia si se bebe en las cantidades adecuadas, se apoderara de mis sentidos, anestesiándolos. Para las seis de la tarde estaba deprimidísimo, viendo un partido del Barça, en La Providencia. Derrotado, dejé a P en Insurgentes y tomé el camino de mi casa. Caminé un rato por el Parque Hundido, intentando despejarme. Pero sólo conseguía entristecerme más. Tenía muchas ganas de llorar. La tarde, además, no me ayudaba nada. Estaba nublado y el ambiente era húmedo, frío. Anochecía cuando llegué a mi casa.
Apenas prendí la luz escuché a Akihisa gritarme desde la calle. Lo invité a un café. Le aventé las llaves y subió después de doblar su bicicleta, que cargó los dos pisos que hay entre la calle y mi departamento. Como un obseso que no supiera nada más, le dije un millón de veces que Salinger había muerto. Al poco rato llegó Alonso y abrimos un par de botellas de vino que no estaban nada mal, pero no consiguieron anestesiarme. Todo lo contrario. Encima, como si hubiéramos hecho un concurso que ganaría quien pusiera la canción más deprimente, estuvimos escuchando toda la noche canciones melancólicas de autodestrucción y muerte. En realidad, no hacía falta un concurso. Si quieren que sea franco, les diré que ya habíamos comparado varias canciones melancólicas y coronado sin discusión Hurt de Nine Inch Nails. La escuchamos. Si hubiera sido mi vecino, habría bajado corriendo a decirme que valía la pena estar vivo, que no me suicidara, no aún. Pero nadie bajó y la escuchamos tres veces seguidas. Nirvana, Tool, Radiohead, Leonard Cohen, Pearl Jam, también tuvieron su momento. Sobre todo Pearl Jam. Escuchamos cuatro o cinco veces en la noche Just Breath: “Yes, I understad that everyone most dye…”. Para cerrar la sesión, vimos a Jim cantar The End y decir cosas gravísimas, impropias de su edad. Cuánto sufrió Jim. Pobre Jim. Lo terrible de que escribiera y cantara canciones tan desgarradas, tan desgarradoras, consiste en que sí que estaba al tanto de lo que decía y sus consecuencias. Tenía una experiencia privilegiada del sufrimiento, de la poesía, de lo mal que está el mundo, de cuánto se sufre aquí. Tenía plena conciencia de su genio, y de que era un místico negativo. Una suerte de San Juan de la Cruz del nihilismo. Un Rimbaud del rock. ¡Pobre Jim, carajo, y qué trágica muerte tuvo! Me conmueve muchísimo ver a ese niño, de veinte años, cantando “Cancel my suscription to the Resurrection”, decidiendo que la salvación no es para él. Era un hechicero, Jim. Un Profeta de la Nada. Su voz embrujaba multitudes y todavía me embruja a mí, después de tantos años, al verlo cerca del micrófono, tímido, diciendo bromas para sobrellevar su tristeza, recitando como oráculo maldiciones tremendas que provocaban la risa del público, sintiéndose solo en su clarividencia que no entendían los demás, ni siquiera sus compañeros de The Doors, como un súperhombre saliendo de la herida que era él mismo, desnudo y descarnado, caminando hacia un abismo, al que al final se entregó.
Me conmueve Jim. Siento una piedad enorme por él. Sus canciones tenían algo de la honestidad cuando duele. De la voz del supliciado cuando sus gemidos se transforman en bella música para el entretenimiento del público morboso y expectante, hambriento de violencia y de sangre. Qué espantoso habrá sido tener tal lucidez. Dostoievsky y dos o tres más lo han visto bien cuando han advertido que el sustento ulterior del mundo como lo conocemos no son los paradigmas del cielo platónico, sino el sufrimiento. Un sufrimiento que tiene su origen en el amor, pero sufrimiento. Enorme. Toda la creación gime, y si uno se queda suficientemente callado, escucha el clamor de las cosas, sus gemidos íntimos, lo juro: la sinfonía de un llanto eterno que sita detrás de la apariencia luminosa de los entes. Salinger era uno de esos dos o tres que lo veía con claridad. Seymour Glass es prueba de ello. ¿Por qué, si no, teniendo una familia hermosa, se suicidó en un hotel? Y Franny y Zooey también lo veían claramente. Sólo que eran demasiado jóvenes para advertirlo, entonces. Eso me recuerda una anécdota de Bokowski.
Un día su editora buscó a Bukowski, a quien no conocía. Lo encontró, después de buscarlo mucho, en un bar de puerto, completamente ebrio, en harapos. “¿Usted es Charles Bukowski?” “¿Quién pregunta?” “Su editora”. Se lo llevó a su casa, donde hicieron el amor y se drogaron durante una semana. Otro día ella llegó con un montón de ropa nueva y lustrosa. “¿Qué es esto?” “Ropa”. “Yo tengo ropa”. “No. Tú tienes harapos”. “¿Y qué voy a hacer con esto?” “Usarlo”. A la mañana siguiente, mientras Bukowski se calzaba sus botas después de ponerse de nuevo su ropa desaliñada, despertó a la editora. “¿Qué haces?” “Me largo a casa”. “¿No entiedes que vas a vivir conmigo? Ya no tendrás que preocuparte de qué vas a comer, cómo te vas a vestir. Te lo daré todo. Sólo tienes que preocuparte por escribir”. “Quien no ha entendido nada eres tú”, le dijo Bukowski, “y me sorprende, después de leerme tanto. Nada decente se ha escrito con el corazón tranquilo”. Y se fue.
Salinger no tenía el corazón tranquilo. Un tipo que se encierra treinta años en su departamento no puede tener el corazón tranquilo. Ha visto todo lo que hay que ver y ya nada le interesa. Salinger era inmortal. Y ser inmortal es baladí, ya lo dijo Borges. Nos afanamos y buscamos y vivimos y sufrimos y amamos porque creemos que siempre hay algo más, que no conocemos, que nos sorprenderá. Pero cuando lo has visto todo, estás aburrido. Tienes horror del mundo. Lo que sigue es la muerte. Y ni siquiera eso resulta excitante. La inercia conduce al momento en que, por fin, el corazón deje de latir. Eso me recuerda a los personajes de Salinger, sospechosamente enamorados del budismo, de la aniquilación, de la inmovilidad. Pavese escribió en su diario, en algún sitio, una conversación que sostuvo con ¿Italo Calvino? Acerca de la poesía oriental. Su tesis era que una cultura milenaria como aquella, a la que el mundo no le sorprende ya demasiado, sólo podía describir ríos y árboles y hojas cayendo de los árboles, porque ahí está todo. Por eso su poesía abordaba asuntos tan silvestres, en apariencia: porque ahí está todo contenido. Pero Salinger no era Pavese y no había nacido en el Piamonte. Sino en medio de la neurosis de la ciudad. En la Babilonia contemporánea. Y siempre vivió ahí. Se hartó pronto, por eso, del mundo y los hombres, de su inútil afanarse, de la celebridad. Y, con todo, Salinger tenía una compasión por el sufrimiento humano profundamente filantrópica en el más ilustre de los sentidos de la palabra. ¿Habrá aprendido, en los últimos años, a ser niño? “Quien no se haga como un niño…”. En el límite del vasto sembradío de centeno, que es el mundo, donde jugamos los niños a vivir, hay un adolescente herido al borde del abismo, un guardián vigilante, cuidando que no caigamos al abismo…