Diciembre 1, 2009

¡Un cuerpo!

Querer vivir es anhelar la carne,
donde se vive y por la que se muere.
Se busca oscuramente sin saberlo
un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.

Pedro Salinas

 

I

Es preciso
mandó el oráculo del dios arcanamente
buscarse
—consta en Delfos.

Pero, ¿por dónde?

¿Ha de ser por donde el cielo aguarda cargado de presagios
o por el mar, repleto de húmedos misterios;
en los artificios que construyó, para decepcionarse,
la hábil mano del hombre
o en la Historia, madre de mil dolores?

¿Por las letras de los sabios, acaso,
por su fracasos y sus recuentos,
sus vidas, pobladas de tristura, de atraso
o adelantamiento,
de tiempo cargado de tiempo?

¿O será mejor andarse entre los santos,
sus confrontaciones contra el Cielo,
o en los Salmos
y sus sufrimientos?

Entre los escombros de lo que Dios
no salvó, busqué, buscándome,
por ver si me hallaba
entre la contrición de uno que murió ahorcado
y colocó el nudo al cuello con su propia mano,
desesperado.
Ése ladrón de sí era yo mismo
hasta que vine a buscarme en otro lado:

¡Por el cuerpo, por el cuerpo!
Antes de la metáfora, del metro,
en la literalidad de la piel
para luego andar tan cerca
como el tacto reflexivo del espejo:

desde el centro, certeramente, ser,
por tener el corazón en el cuero.
Pero no bastó el intento, aún poco táctil
aunque inaudito,
todavía artilugio especulado
y hubo que ser más carnal,
cavar más adentro.

Es preciso, descubrí entonces, habitar íntimamente
un cuerpo, un cuerpo.
Buscarse el nombre por la carne.
Habitarse. Desde afuera.
Comenzar por el final, por la piel
e irse buscando dentro.

Tener un cuerpo es mandamiento irrenunciable
y, más que tenerlo, de plano,
serlo. Del todo, de una vez, ¡ser carne, cuerpo!
Mirarse el nombre al ver el espejo.

Hacerse carne para serse, ahora sí,
reconciliado. Reconocerse de las formas:
¡el alma es cuerpo!
Sin maniqueísmos, huyendo de la abstracción espirituosa
de la neurótica divisa de Occidente: no ser sí mismo,
deshabitarse hasta poblarse de automóviles,
angustiarse en otros sitios que no son propios,
neutros, especulaciones.

Empezar a buscarse por afuera, es preciso,
¡y descubrir estar adentro!
No dudar, no estar disociado.
Ser hasta el pelo,
las uñas,
el aliento.

No mirarse afuera, en busca de uno:
en el cielo o la computadora, sino aquí,
en el centro.
¡Ser la mano, cada falange, el dedo!

 

II

Ser uno con el cuerpo, serse dentro…
para hallarse solo, incompleto.

Ser el cuerpo que se es
¡y encontrarlo desierto!
Volver a buscar por el tacto,
más dentro, afuera,
en lo Abierto.

Buscarse el cuerpo, no cejar, seguir
buscando: ¡construirlo, es preciso
para tenerlo! para entrar en él
desde su reflejo.

Completarlo en el ocaso del tacto
confundido en otro tacto de otro
cuerpo ¡que es el mismo, aún más nuestro!

Que las tumbas esperen: el maridaje,
por fin, completo de la carne amada
en fulgurante transfiguración.
Porque el amor irradia sólo entre
dos cuerpos, en el cuerpo, ya, del alma
y nos habita el dios que tomó carne
para restaurarla.

Ya divina, la muerte replica donde
la rompe, en el alma del cuerpo
que ya es cuerpo del alma.

 

III

Pero todo ésto no basta.
Los amantes lo saben,
ellos que tan cercanos uno al otro
se miran asombrados en lo Abierto.
Porque el milagro es un instante
que prefigura otra no-muerte,
ahora sí, definitiva,
donde el ataúd no nos vence.

Es preciso ser el propio cuerpo
al punto
de poder morir para enterarse
del desgarre que nos rompe
al parto último y cierto,
para encontrar, del otro lado,
al fin el cuerpo
restaurado,
el propio, regalado y nuestro,
ya
para siempre.

Noviembre 5, 2009

Aquella mujer

Aquella mujer que llora y mira desde ojos desrrielados
no advierte de su estado ni el frío del suelo, y va descalza.
No entiendo yo, ésta que se veía cuerda hasta hace un rato,
cómo vino a dejarse Dios sabe dónde coherencia y falda.

Deambula como condenada, errática, nerviosamente,
por las calles del Centro. Muestra al aire las tetas
–las lleva bien, justo es decirlo– y me pregunta
al abordar yo mi coche, mientras hago por no verla un esfuerzo
inútil, dónde está el Café de Tacuba, ¿la llevaría?, ¿puedo ayudarla?

Descubro en el rescoldo de su acento absurdo la entonación
que revela un proceder más ilustre del que se espera
en alguien que vaga casi en cueros por las calles del Centro
plañendo como Juana, la que enloqueció al ver a su marido muerto.

No alcanzo ni a responderle, ni a decir algo siquiera,
cuando se vuelve y sigue como si conmigo no fuera. Se aleja.
Me quedo solo, desconcertado, con mi cordura
sobria y gris. Preguntándome si me espera, también a mí,
en alguna banqueta, el grito, la provocación que me arroje
un poco más allá, que funda mis certezas de
andar erguido, tener lenguaje, futuro, casa, Paxil.

Octubre 27, 2009

what do you want?

I

Me dijo un asceta de la acidia, entre tragos y cigarros:

Debe avergonzarte escribir de Bukowski
mientras tengas una cuenta en el banco
y alguna vez hayas amado perpetuamente
por más de dos años
a una dama sobria y apacible, felizmente.

Qué asco me daría ser académico y relatar
sin inquietud
que Dostoiewski un día estuvo por morir,
frente al pelotón, fusilado.

Qué triste sería disertar eruditamente acerca de Faulkner
y no ser, hasta la cirrosis, beodo.

Sólo la melancolía crónica da licencia a hablar
con verdad
sobre Kierkegaard

y haber intentado matarse es premisa sine qua non
para relatar el fin de Pavese o, en todo acaso, el de Pascal.

Sea anatema quien dicte cátedras sobre la filosofía de Nietzsche
sin contar en su biografía con algún internamiento psiquiátrico,
¡si Hölderlin escuchara a los sensatos declamar sus versos!

Para colar a Wilde alguna vez y/o traducirlo con acierto
preciso es conocer a la vez la cárcel y la vergüenza
del amor que no ha de ser nombrado.

Poseer un carácter colérico e iracundas barbas
es sólo es el principio para poder recordar
a Heamingway con algo de afecto viril, sin ser beato.

Pero si se han conocido el lumpenado del paria,
la desesperación del condenado, la ebriedad
cuando deja de ser divertida,
la enfermedad mortal, el asilo mental, la cárcel,
todas las cantinas del puerto,
¿quién quiere hablar de literatura, si no lamentar su vida?

II

Tal vez por eso aún escriba. Porque me recorto la barba
y pago impuestos. Como a diario. Tres veces. Duermo
cada vez más y cada vez menos tengo insomnio.
Quizá alguna vez obtenga un título universitario
y hasta es posible que un día trabaje con disciplina, con horario.

Una vez estuve triste. Por muchos años. Y luego me mudé
a vivir entre los hombres, dejé el campo.
Antes no podía dormir, leía menos y salía, escribía mucho;
ahora rabio porque el vecino de arriba no me deja trabajar:
toca la batería mientras yo empeño plusvalía
y afuera los coches pasan todo el día y la noche
haciendo roncar sus motores.

¡Que se vayan al diablo!

III

Siento, preocupado, que algo le falta a este poema.
¿Será la inquietud, acaso?
Una vez amé hasta dejarme el llanto, la sensatez,
y elegí el espanto.
Pero ahora tomo antidepresivos y voy a psicoanálisis,
hago ejercicio a diario y nunca debo la renta ni el nombre.

¿Me entristece no estar triste, no arrojar mi vida al carajo?

Octubre 12, 2009

Dame, mar

Yo me pasé la vida perdonando,
porque entendía, mar, yo me fui dando.

Alfonsina Storni

Dame, mar, un nombre mío:
el que me nombre, soledad,
y hambre de salvarme del hastío;
de tu yodo, mar, la voluntad:
anhelo de amar sin restar, sin estío
ni mirar en tristezas y atrasos.

Destrózame con tu furioso quebrar sobre
las  rocas si vuelvo a dar en atracar
en esa dolorosa playa donde no estás.

Horror, mar, es mi pasado, sombrío,
y tengo el hábito singular de naufragar.
No te dejo de mirar volverte a repetir
¡con cuánta incontenible tristeza!
y mi vida, mar, es como tu regresar
al lugar del dolor al amar.

Esta tarde, sin embargo,
no me voy a quedar.
Iré adonde sea pero no más a ese lugar.
Dile que esta tarde tardó en llegar, mar.
Que me tuve que marchar.

Octubre 7, 2009

Fragmento del “Catálogo de las naves (que han naufragado)”

De este Ponto traicionero, la recurrencia del oleaje inarmónico: otro naufragio; ya van seis contingentes abatidos, y contando. A este paso no habrá quién vulnere la bien edificada Ilión del Eros: no precisará murallas ni relucientes armas y escudos, ni caballos y bien puede, sin miedo del heroico Aquiles y su cólera que canta la musa, Alejandro regocijarse con la Helena de las tierras sin conquistar.

En esta versión el Odiseo de los anhelos marchitos, con todo su contingente de esperanzas, varó en la playa ¡a punto de zarpar! No bien había dejado en Ítaca a Penélope desenredando su madeja, la feroz tormenta del desencanto tragó sus huestes dejando sobre las mediterráneas playas de Fracaso: los maderos rotos de una tristeza acostumbrada, el lugar común de su cajón vacío entre los arrecifes próximos, el zarpazo de la soledad reencontrada en la vuelta a la calma del anchuroso Ponto.