Diciembre 31, 2009

Inmortalidad

Soy finito.
No eterno.

Moriré.
Mejor así.

¿Qué iba a hacer
con tanto tiempo?

¿No lo dijo
un ciego?

Ser inmortal
es baladí.

Diciembre 26, 2009

La virgen y la piedra

Pacientes numerables bienamados lectores:
Interrumpo la emisión de entradas sobre mis geniales hermanos: para desearles feliz Navidad. He aquí un bello poemita de Luis Felipe Fabre al respecto:

La Virgen y la piedra

Esa mujer cargando una piedra podría entenderse así:
la Virgen y la Piedra: le ha sido anunciado el peso del mundo.
Carga una piedra como otros su cruz. Una cruz:
dícese del árbol más reciente en el paisaje: árbol artificial cuyo fruto es un cadáver natural. Pesa la piedra como un niño muerto:
no: no como un niño muerto, sino como un niño anunciado:
pesa la piedra como un embarazo: las piedras no están muertas:
las piedras nunca han estado vivas: las piedras son algo por nacer. Nacerán las piedras, pero mientras tanto reconstruyamos el templo palabra por palabra. Una piedra:
una piedra cayendo: una piedra rota no es dos piedras.

Diciembre 14, 2009

Por una cabeza

Esta vez, la entrega corresponde a Danilo Kerensky (como se hace llamar Daniel Escamilla). Un cuento sardónico, mordaz, divertido. Un poco inquietante, la verdad. De ese humor que llaman negro. Daniel estudia Artes plásticas. En la UDLA(, o sea). Se disfraza de algo entre Johny Depp y Bunbury. Y aunque las letras no son su droga de elección (¡perdón!, su arte de elección), juzguen ustedes si sabe usarlas. A propósito, me olvidé del cuadro que me regaló en la casa.

Y, no. El cuento, aunque parezca de un viejo malacopa, no lo escribió Vallejo. Sino Daniel, que tiene menos de veinte años. ¿Diecinueve? Va, pues,  ”Por una cabeza”.

Y la sangre a gotear
entre zarpas de animal
presagió mi suerte

Nacho Vegas

Catorce meses después de vivir juntos, la hallé en mi cama con uno al que, en un primer momento, había tratado de pendejo. Debido a que mis intenciones hacia ella nunca fueron incorrectas, no quise ser indecente y me limité a observar la dicha escena desde la rendija entreabierta de la puerta, sosteniendo hasta el límite la respiración pues, de lo contrario, habría sido inoportuno sobremanera. Así que me puse tan cómodo como me era posible, situando mi ojo derecho en el pequeño espacio que tenía, y me dediqué a observar. Intenté verme en él, pero debo confesar, ahora que ya he sido expuesto, mi incapacidad para hacerla tan feliz como la hacía él. Incluso he de decir que se veía más bella desde lejos cuando, al compás de un tanguito de Gardel, sus caderas iban y venían en un juego tan erótico como el intento de Bigas Luna en su Volavérunt. Y qué decir de sus gritos, de sus uñas desgarrándole la espalda. De haber sido posible, me hubiera hecho una taza de café y, sin duda, habría encendido un cigarro para presenciar más la fiesta de la que fui excluido. Un buen tinto no le habría ido mal a la ocasión. Pero habría perdido tiempo valioso y, probablemente, el ruido de la loza hubiera sido suficiente para estropear el momento, por lo que resolví quedarme de pie, sin café, sin cigarros, sin tinto, observando.

Su espectáculo duró más que cualquiera de mis actos, sin embargo (me habría dado tiempo, al menos, de servirme el tintorro) y me fue imposible soltar una carretada de aplausos sinceros mientras entraba en mi habitación cuando éste hubo terminado. Felicidades, querida, muchas felicidades. Y son también para usted mis más sinceros sentimientos, joven Bastardo, dije, mientras entraba en escena con un paso lento pero seguro. De inmediato, sus piernas dejaron de cruzarse y ambos sintieron asco de sus cuerpos desnudos. Pero, ¡vaya!, es muy tarde ya para que se cubran, sigan así, sigan así, por favor, que no quiero interrumpir. Sólo tomo unas cosas que necesito y los dejo tranquilos. Como era de esperarse, ella fue la primera en levantarse (por supuesto, con la sábana sobre sus pechos, sobre los que advertí un par de rasguños —seguramente accidentales—) para intentar formular una explicación que ya estaba de más. Tartamudeó algunas palabras, lugares comunes en situaciones de esta índole, pero preferí no escucharlas, y me limité a sacar unas llaves del cajón de mi escritorio. No sigas, por favor, que no te va, le dije en tono irónicamente amable, y salí de mi departamento. Tuve que empujarla un poco para no arrancarle los brazos al momento de cerrar la puerta y bajé las escaleras rápidamente, pues tenía que actuar cuanto antes.

Caminé tres cuadras y doblé a la derecha, hasta llegar al Parque de los Espejos. No era muy noche, pero el invierno hacía que la tarde cayera más pronto, así que decidí esconderme en la casita, uno de los juegos infantiles que adornan el lugar. Permanecí un par de horas ahí, pensando. Escrutaba la disyuntiva en que me hallaba, mientras sentía el peso frío de las llaves que tenía entre los dedos, hasta que un policía interrumpió el hilo de mis ideas para decirme que no podía estar ahí, pues los indigentes no eran bien vistos a los ojos del Gobierno. Le expliqué con detenimiento mi situación, pero no fue suficiente para convencerlo de permitirme estar ahí, así que decidí regresar a mi departamento, rogando que la harpía no siguiera ahí. Y así fue. Mi cama parecía no haber sufrido la quimera presenciada. Incluso estaba puesta la cafetera, por lo que decidí beberme la culpa de ambos mientras me disponía a trazar un plan. Rondé el departamento toda la noche, ponderando el peso de la decisión a tomar, analizando detalladamente los beneficios de cada una de mis alternativas. Una vez que hube terminado, por qué no, fumé un habano lentamente, hasta el amanecer, escuchando una y otra vez Por una cabeza de Carlos Gardel, con una copa de tinto. Y luego otra, y otra y otra.

A las cinco de la mañana tapé el tinto y lo guardé en el refrigerador, pues no está bien andar por ahí con aliento alcohólico a plena luz del día en mitad de semana. Entré en mi habitación y abrí las ventanas para, después, darme un baño. No sin antes afeitarme y lavar mis dientes meticulosamente. Instantes después, hice una copia de la canción que había acompañado mi velada. Realizado mi ritual, me preparé con calma un merecido desayuno y salí en mi auto antes de las siete, rogando no encontrarla en mi camino. Para fortuna de ambos, no la vi. Sin embargo, sus llamadas y mensajes de texto no habían dejado de llegar toda la noche y a la mañana no fue diferente. No quería apagar mi teléfono, pues en cualquier momento podría recibir una llamada de verdad importante, y habría sido una pena no poder responderla por culpa de un capricho. Así que me dirigí a la ferretería más lejana a nuestra zona. Esperé un par de horas frente a la cortina cerrada, mientras le daba vueltas a por qué la gente sería tan morosa a la hora trabajar. Una vez abierto el local, pedí un duplicado de las llaves de su casa, que había tomado del cajón cuando entré en mi habitación, pues podría llegar a necesitarlo más adelante. Tuve especial cuidado en identificar con una marca la copia de las llaves, pues no quería entregar el duplicado y quedarme con el original. Aprovechando mi visita a la papelería para adquirir el marcador con el que identifiqué las llaves copia, decidí también comprar un sobre de correo aéreo, dentro del cual deposité el juego de originales. Posteriormente, compré un sello postal, mismo que adherí al sobre, pero en ningún momento escribí dato alguno del remitente o el destinatario.

Yo sabía que al día siguiente, ella tendría que salir de la ciudad por unos días, pues debía atender un asunto muy importante e impostergable. Nunca me interesó saber más. Supuse que si eso era verdad, no detendría sus planes por el pequeño inconveniente vivido la tarde anterior, así que fui a su casa y deposité en su buzón el sobre con las llaves de su casa, añadiendo la siguiente leyenda:

MALDITA ESTUPIDEZ.

Subí a mi auto y marqué el número de un amigo, para recordarle el favor que me debía, y le pedí un intercambio temporal. Nos veríamos a comer, yo le daría mi auto y él me dejaría usar el suyo por unos días. Le pedí amablemente que no hiciera más preguntas, pero parecía haberse enterado ya de lo ocurrido el día anterior. Probablemente lo sabía ya desde antes y nunca lo había mencionado, no considerándolo oportuno. Finalmente, los cuernos no se pueden esconder, y resulta fácil mirarlos a una distancia moderada. Lo anterior lo deduje más adelante, debido a todo el tiempo que dediqué para pensar, mientras aguardaba a una cuadra de la casa de ella en el auto de mi amigo. Entonces también pensé que bien podría protagonizar una historia de detectives, con todo y donas y café. Y pensé muchas otras cosas más, pues durante casi veinticuatro horas me limité a observar: había aprendido bien el oficio en las novelas policíacas.

Así que, tal y como ella había dicho, salió al día siguiente con una pequeña maleta. Había calculado cuarenta y cinco minutos de tolerancia para el camino hacia el aeropuerto y una hora más para abordar el vuelo, pues era nacional. Pero decidí guardar la debida prudencia y esperé pacientemente cuatro horas después de verla abordar el taxi. Entonces me dispuse a entrar, pero vino a mi mente una posibilidad que no había contemplado. El joven Bastardo al que primero llamé pendejo podía estar en su casa y, en caso de advertir mi presencia, me vería en la necesidad de golpearlo o aún, matarlo, y no merecía la pena mi denigración a ese punto. Además, qué tedio pensar en un juicio y en un abogado, más los honorarios y, probablemente, hasta una fianza, por lo que decidí marcar a su casa, para cerciorarme de su ausencia. Llamé diecisiete veces. En todas esperé, pegado a la bocina, una vez entrada la contestadora, esperando escuchar el más leve ruido que delatara su presencia. Pero no fue había nadie. Ni siquiera se escuchaba la actividad de su perro. De cualquier forma, nunca está de más extremar precauciones, así que llamé a la puerta siete veces. En caso de que el joven Bastardo saliera a mi encuentro, me limitaría a argumentar la necesidad de hablar sobre lo ocurrido entre él y ella, sin afán de tomar cartas en el asunto. Finalmente, la había ganado, limpiamente.

Al no acudir persona alguna a mi llamado, decidí hacer uso del duplicado que había guardado en mi abrigo para entrar en su casa. Una vez adentro, inspeccioné todo el lugar para estar seguro de que no había nadie y no paré hasta saciar mis dudas. Así que, aliviado ya de mi pendiente, salí al jardín. Conversé unos instantes con su perro, e incluso jugamos a la pelota. Fui a la sala y puse en el estéreo el disco con la copia de Gardel. Después entré a la cocina por una bolsa de tela, y cubrí con ella la cabeza del animal, haciendo un nudo ligero pero eficiente, para que no lograra zafarse, pues no quería ver sus ojos entonces. Una vez cegado el perro, tal y como ella me había cegado a mí, lo encerré en su baño. Me extrañó que el animal ni se inmutara. Probablemente comprendía la traición de su ama, y como buen perro, fiel amigo del hombre, esperaba con resignación su castigo. Amarré con una cinta su hocico, pues quería evitar el melodrama y los innecesarios llantos, y con una figurita de su sala, lo golpeé catorce veces en la cabeza, con la base de la estatua: una por cada mes. Pero no bastaron para matarlo. Por el contrario, se retorcía con más vitalidad que cuando jugamos a la pelota, así que fui nuevamente a la cocina, pero esta vez tomé un tenedor, y lo sumergí en la cabeza del animal hasta que sus movimientos fueron, ya francamente, estertores. Cuando estuve seguro de su muerte, lo llevé en brazos hasta la habitación principal, igual que hacen los recién casados en las películas, y lo dejé sobre la cama. Me dirigí por última vez a la cocina, y tomé un cuchillo. Degollé el cadáver que se rendía a mis pies y colgué la cabeza a modo de trofeo en la pared, mientras miraba cómo se desangraba el animal entre las sábanas. Fui al baño a quitarme con agua caliente la sangre de la cara, de las manos, y me sequé cuidadosamente, teniendo extrema precaución en no manchar la toalla.

Contemplando mi escena, me sentí satisfecho y en paz, pero no quería que ella pensara mal de mí, así que necesitaba darle una explicación. Entonces me alcanzó la honestidad y concluí que lo mejor era decir la verdad, así que busqué en mi bolsillo el marcador con el cual había identificado la copia de las llaves y, tomando un pedazo de papel de su escritorio, redacté una nota que decía:

PENSÉ EN FOLLARME A TU PERRO,
PERO RECONOCIENDO QUE NO SOY BUEN AMANTE,
DECIDÍ MEJOR MATARLO.

SIEMPRE TUYO, Y DEL OTRO TAMBIÉN.

Diciembre 9, 2009

Era Otoño

Amados numerabilísimos, bienamados y tolerantes lectores:

¿Leyeron a Salinger? Tiene algunos relatos sobre una familia algo peculiar. Los Glass. Todos son genios. Mi familia se parece, salvo por mí, a aquella. (Bueno, reconozco que en el fondo acabo de hacer uso de lo que puede con verdad llamarse “falsa humildad”). Como sea. Esta vez no se trata de mí ni de alimentar (más) mi narcisismo. Estábamos presentando a Rafael. Que es mi hermano. En esta entrada daré inicio a una serie de publicaciones con relatos de mis hermanos, que son geniales en más de un sentido. Rafael, guapo y todo, tiene menos de veinte años (¿dieciocho?, no, esperen, ¿diecisiete?, creo que sí, dieciocho; nació en el ‘91, en julio, ¿eso cuánto suma?) y una pluma fantástica que, para frustración de mi padre (lo siento, viejo: otra inversión en ingenieros perdida), pondrá al servicio de las musas. Porque no lo dejan en paz. Como le ocurre a los poetas de a de veras. Y quiero ver que alguno de ustedes (yo mismo) escribiera así a su edad. No, ni siquiera tú, José María, escribías así. Lo sabes. Me cae que tú tampoco, José Pablo (no, querido hermano, todavía no te presento a ti, ya te tocará tu turno; le hablo a otro José Pablo).  ¿Les digo algo? Admiro a mis hermanos. Mucho. Aquí, pues, el cuento. De Rafael Escamilla. Que (¿ya lo dije?) es mi hermano.

Era otoño. Caían despacio las hojas. Ellas mismas le daban al aire un rostro. Le daban su personalidad. Una identidad. Y caían… no hacían otra cosa. Un proceso, quizá, de descomposición orgánica; una hipérbole del soplo personificado ya, que quería para sí mismo: aquellas hojas…, quizá. El levísimo soplar del viento capaz de arrancarlas en pleno apogeo. Y él fumaba, apoyado en uno de estos árboles. Indiferente. Infeliz. Incapaz. Inhumano.

Ahí vivía, recargado. Aislado. Solo. Ellos lo miraban. Lo aborrecían; él lo sabía. Y le era indiferente. No tenía demasiado interés en ellos. Él era más que ellos. Y no necesitaba posesiones. Como ellos… ¿Para qué? Vivía así, mejor. Era un ermitaño. Si podía, si era el día adecuado, huía y vivía solo un par de meses, lejos. No nació para la civilización. Para esos inventos de una sociedad que él tenía por inmoral. Vivían como cerdos, según creía. Él era mejor. Él les enseñaría. Él estaba enviado por Dios. Sí, exactamente, por Dios. Lo recordaba. Desde siempre… Ahora era claro. Lo era, en verdad. Por Dios, ¡claro! Por Dios mismo. No… ¿cómo? (Esperen.) ¡Él era Dios! ¡Claro! Por supuesto: era lógico.

Al reflexionar sobre ésto, caminaba. Miraba detrás sin necesidad alguna. Estaba solo. Caminó largo rato. Se detuvo. Reflexionó de nuevo. Dios creó a los hombres. Yo soy Dios. ¿Qué hace ahora Dios? ¿Qué hago? Dios los desprecia. Los desprecia porque los conoce. Sabe cómo son. Les ha dado la espalda. Él, Dios, El Vagabundo, Él. Les dio la espalda. Se tiró por un precipicio, Dios. Se tiró. Se mató. Dios murió por los hombres. Dios murió por los hombres. Sí, por los hombres. Porque no los soportaba.

Diciembre 1, 2009

¡Un cuerpo!

Querer vivir es anhelar la carne,
donde se vive y por la que se muere.
Se busca oscuramente sin saberlo
un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.

Pedro Salinas

 

I

Es preciso
mandó el oráculo del dios arcanamente
buscarse
—consta en Delfos.

Pero, ¿por dónde?

¿Ha de ser por donde el cielo aguarda cargado de presagios
o por el mar, repleto de húmedos misterios;
en los artificios que construyó, para decepcionarse,
la hábil mano del hombre
o en la Historia, madre de mil dolores?

¿Por las letras de los sabios, acaso,
por su fracasos y sus recuentos,
sus vidas, pobladas de tristura, de atraso
o adelantamiento,
de tiempo cargado de tiempo?

¿O será mejor andarse entre los santos,
sus confrontaciones contra el Cielo,
o en los Salmos
y sus sufrimientos?

Entre los escombros de lo que Dios
no salvó, busqué, buscándome,
por ver si me hallaba
entre la contrición de uno que murió ahorcado
y colocó el nudo al cuello con su propia mano,
desesperado.
Ése ladrón de sí era yo mismo
hasta que vine a buscarme en otro lado:

¡Por el cuerpo, por el cuerpo!
Antes de la metáfora, del metro,
en la literalidad de la piel
para luego andar tan cerca
como el tacto reflexivo del espejo:

desde el centro, certeramente, ser,
por tener el corazón en el cuero.
Pero no bastó el intento, aún poco táctil
aunque inaudito,
todavía artilugio especulado
y hubo que ser más carnal,
cavar más adentro.

Es preciso, descubrí entonces, habitar íntimamente
un cuerpo, un cuerpo.
Buscarse el nombre por la carne.
Habitarse. Desde afuera.
Comenzar por el final, por la piel
e irse buscando dentro.

Tener un cuerpo es mandamiento irrenunciable
y, más que tenerlo, de plano,
serlo. Del todo, de una vez, ¡ser carne, cuerpo!
Mirarse el nombre al ver el espejo.

Hacerse carne para serse, ahora sí,
reconciliado. Reconocerse de las formas:
¡el alma es cuerpo!
Sin maniqueísmos, huyendo de la abstracción espirituosa
de la neurótica divisa de Occidente: no ser sí mismo,
deshabitarse hasta poblarse de automóviles,
angustiarse en otros sitios que no son propios,
neutros, especulaciones.

Empezar a buscarse por afuera, es preciso,
¡y descubrir estar adentro!
No dudar, no estar disociado.
Ser hasta el pelo,
las uñas,
el aliento.

No mirarse afuera, en busca de uno:
en el cielo o la computadora, sino aquí,
en el centro.
¡Ser la mano, cada falange, el dedo!

 

II

Ser uno con el cuerpo, serse dentro…
para hallarse solo, incompleto.

Ser el cuerpo que se es
¡y encontrarlo desierto!
Volver a buscar por el tacto,
más dentro, afuera,
en lo Abierto.

Buscarse el cuerpo, no cejar, seguir
buscando: ¡construirlo, es preciso
para tenerlo! para entrar en él
desde su reflejo.

Completarlo en el ocaso del tacto
confundido en otro tacto de otro
cuerpo ¡que es el mismo, aún más nuestro!

Que las tumbas esperen: el maridaje,
por fin, completo de la carne amada
en fulgurante transfiguración.
Porque el amor irradia sólo entre
dos cuerpos, en el cuerpo, ya, del alma
y nos habita el dios que tomó carne
para restaurarla.

Ya divina, la muerte replica donde
la rompe, en el alma del cuerpo
que ya es cuerpo del alma.

 

III

Pero todo ésto no basta.
Los amantes lo saben,
ellos que tan cercanos uno al otro
se miran asombrados en lo Abierto.
Porque el milagro es un instante
que prefigura otra no-muerte,
ahora sí, definitiva,
donde el ataúd no nos vence.

Es preciso ser el propio cuerpo
al punto
de poder morir para enterarse
del desgarre que nos rompe
al parto último y cierto,
para encontrar, del otro lado,
al fin el cuerpo
restaurado,
el propio, regalado y nuestro,
ya
para siempre.