Para Álvaro Lujambio
Todo lo pobló el silencio
en la orilla del aire.
Ven, vamos.
Escucha el silencio. ¿Lo oyes?
¿Qué será?
¿La última orilla del mundo?
Cuando eras niño
subías a las peñas en las tardes.
El sol rompía sin estrépito
del otro lado del aire.
Silencio.
Sólo silencio.
De tarde, en las peñas,
se está bien.
A veces se oye a lo lejos
el silbo de un tren o de un grajo.
Pero sobre todo el silencio.
Todo el silencio acendrado.
Ya no eres niño, hace tiempo.
Pero aún sabes jugar, que ya es algo.
El horizonte pardo
te limpia los ojos
y el corazón. Mete
no sé qué grandeza que conforta
y siempre nos deja balbuciendo.
Allá, en la tarde vecina
subo a la peña y me admiro.
Mido mi voz contra el viento.
Materia apenas, mi voz
tiembla un instante en el viento.
Preciso, vence
la música silente que todo lo puebla.
Le declara muerte al mutismo.
Habita, el verbo que pronuncio
todas las cosas un momento.
Las abrasa el ser
que es, casi carne,
las llena de sí mi voz.
De mí.
Frágil, se va con el viento
y se casa con él por un rato.
Ya vuelve a posarse el silencio
sobre las rocas y las eras
y permanece al fin su recuerdo
hecho voz en mi carne.