“La anunciación hecha a María”, de Paul Claudel

No estamos en el mundo; la verdadera vida está ausente.

Rimbaud

La anunciación hecha a María es un diamante de cuidadísima belleza y Paul Claudel (1868-1955), su autor, un orfebre genial y esmerado. Dramaturgo, poeta, diplomático, Paul Claudel es un personaje que podríamos tildar de discordante. Alcanza las cimas de la literatura moderna… tratando temáticas que más se antojan medievales. ¿Qué más podía esperarse de uno a quien lo sacó de su ateísmo leer a Rimbaud?

Una página de su biografía explica la singular perspectiva de este autor. El joven Paul de dieciocho años acude a la misa de Navidad a Notre-Dame en busca de “un estimulante apropiado y materia para algunos ejercicios decadentes” y, para su sorpresa, recibe en lugar de lo que buscaba, la fe. Tenemos, pues, a un poeta de las vanguardias parnasianas metido a católico, que terminará siendo, en expresión de Mauriac, “un católico que escribe drama”.

De ahí que sólo si se concibe a Claudel como un asceta sensual, se pueda comprender su Anunciación. Porque, ante todo, se trata de un drama místico a pesar de que su sencillez, rayana en la ingenuidad, posea el encanto de lo espiritual, de la proximidad de la gente del pueblo al Misterio —lo que, en un erudito como lo fue Claudel, es una virtud.

La trama no tiene sutilezas morales ni maquiavélicas sofisticaciones de salón, más propias de nuestra moderna burguesía o de la de decadencia refinada de los imperios. Es, todo lo contrario, hasta ruda en la sencillez del bien y del mal.

Quien busque en los personajes de Claudel la precisión psicológica de Dostoiewski se verá decepcionado: no pretende tanto retratar lo humano, como exponer, sí, dramas humanos en personajes paradigmáticos como hacía el teatro barroco, donde con un personaje se caricaturizaba una virtud humana, o un defecto. Si bien, cada personaje en particular no representa lo humano, el conjunto lo hace.

La actuación de los personajes está encuadrada en un marco cósmico, donde cada cosa ocupa su sitio y cada cual es fiel a su vocación, a pesar del pecado. Así, el constructor de catedrales, a fuerza de levantar casas a Dios ha aprendido que los hombres, como las piedras, no eligen su lugar: “No concierne a la piedra buscar su lugar, sino al maestro que la ha escogido”.  Y cada uno está contento en el lugar que le corresponde: “Alabado sea Dios que me ha dado en seguida mi sitio y ya no tengo que buscarlo. Y no le pido otro. Yo soy Violaine, tengo dieciocho años, mi padre se llama Anne Vercors, mi madre se llama Elisabeth, mi hermana se llama Mara, mi prometido se llama Jacques. Esto es todo, no queda nada por saber.”

Claudel parece huir del solipsismo cartesiano para enfatizar que también nos constituyen y definen nuestras relaciones, y una en particular que a todas y a todo da sentido. Y es que este drama trasciende las relaciones del hombre con el hombre para revelar las relaciones del hombre con lo el universo y con Dios. Es, pues, a través de los símbolos que la trama y sus personajes nos remiten invariablemente hacia algo más, hacia alguien más.

No hay que ignorar que se trata de su obra más nacionalista, tratándose de un diplomático cosmopolita, y de que el gótico florece precisamente en las catedrales francesas. No es casual, pues, que esta obra tenga la apariencia de una catedral gótica: imponente, monumental y de compleja simbología; en ella cada elemento señala hacia el Cielo. Como tampoco es gratuito que Claudel sitúe esta historia a finales de una Edad Media “convencional”, a la que le atribuimos la definición del hombre en función de su relación con Dios.

En la Anunciación lo sobrenatural lo habita todo con gran naturalidad. Más allá del mero hecho de que ocurran un mar de milagros en la historia, su significado simbólico es lo que nos resulta tan próximo: Pierre de Craon, artífice de catedrales, contrae la lepra como símbolo de su pecado y expía su falta en la construcción —a la vez física y espiritual— de un templo, concluida la cual le es concedida la curación de su enfermedad. ¿Quién no es leproso?

La familiaridad con lo sobrenatural, no obstante la fácil felicidad que puede sugerir, es el drama central de la historia. Precisamente por su entrega amorosa es que Violaine se convierte en mártir (besa a Pierre de Craon, el leproso, como gesto de perdón y termina, leprosa y exiliada, aferrándose a su Dios). Refiriéndose al amor que se tuvieron ella y Jacques le dice a su hermana: “Yo también conocí la alegría hace ocho años y mi corazón quedó cautivo, tanto, que pedía locamente a Dios, ¡ah, que durara sin cesar nunca! ¡Y Dios me ha oído de manera bien extraña! ¿Acaso mi lepra sanará nunca? No, mientras haya una parcela de carne mortal que devorar. ¿Y acaso sanará el amor de mi corazón? Jamás, mientras haya un alma inmortal que lo alimente.”

7 Respuestas a ““La anunciación hecha a María”, de Paul Claudel

  1. Susette Gontard

    ¡Magnífica reseña!

    Felicidades.

  2. carmen

    si,magnífica.

  3. angel

    Necesito el texto, lo perdi. Alguien me lo podría facilitar?

  4. miryam

    Es la obra más fascinante sobre el amor verdadero.

  5. samuel

    Claudel me trajo aquí, es fabuloso, la obra y el milagro se vuelve a repetir, podemos decir que un niño se nos ha dado en este blog

  6. La maestra nos la leía cuando doblábamos nuestros guardapolvos para salir en sexto grado.Después la reconocí mágicamente-sonido de la infancia-cuando estudiaba Letras en la Facultad.Hoy la cito en un trabajo sobre cine.Gracias por la reseña.Clara,lúcida.

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